lunes, 30 de septiembre de 2019

Claudio Granaroli

IN MEMORIAM PIER PAOLO PASOLINI:
PETRÓLEO DE CLAUDIO GRANAROLI

La obra de Claudio Granaroli, como el título de una de sus últimas propuestas, constituye una serie de paisajes inquietantes: aspira, sin medias tintas, a inquietar. Porque es preciso esparcir inquieta semilla de pensamiento, aun en el eclipse de las certezas; injertar ramas resistentes en los agostados arbustos de nuestras desoladas campas; conseguir que arraigue, apenas enterrado, el rizoma de alguna negación activa.
Y entre estos paisajes, resuelto eco de la no aceptación pasoliniana, óleo de piedra, Petróleo: una suerte de descarnificado retablo de solo tres cuerpos, una teoría informal de blancos y negros y grises (el gris: el color que sustenta la piedra, en palabras de Jorge Oteiza) y, traza de un crimen inscrita en el tríptico,  centro y culmen de una representación fatalmente sacra, un roción de sangre, de rojo sanguino –sobre una hacina de urgentes trazos negros que manchan lo blanco: inevitable pensar en un muro, en murales quizás y en sus expresionistas, abstractas secuelas: en Jakson Pollok, en Lee Krasner, en Antonio Saura… e implícito en ellos, en el origen, el guiño al picassiano Guernica. Pero el rojo es Pier Paolo Pasolini, una tumefacción de carne que se empodrecerá en la liturgia de la muerte: de la que la magmática novela póstuma Petróleo habla, a zaga se diría de su huella, y que el rastro pintado de Granaroli persigue. Acaso el rojo que el poeta ve en el Descendimiento del Pontormo, un rojo de amapolas machacadas “en un ardor de cementerio”.
El espectador que requiere el arte, cualquier arte, “no es el que se escandaliza, odia, se ríe; el espectador es el que comprende, aprecia, estima, se apasiona. Entre autor y espectador se establece una dramática relación democrática entre iguales” –como justo escribiera Pasolini, herético desertor de tantos seguros cercados vitales e intelectuales, señalando con el dedo a los custodios del orden, siempre dispuestos a convertirlo todo en espectáculo: un espectáculo a la medida de la homologación, de la banalidad, de la planicie mental: el ser humano sometido a toda suerte de engorde, desposeído de su conciencia pensante y disidente, rebajado de persona a mecanismo consumidor.
El grito –aun sereno, paradójicamente en voz baja– jamás acallado de Pasolini debería oírse todavía hoy, quizá hoy más que nunca, contra la desmesurada mercantilización, la falsa provocación creciente, la falaz escenificación de tanto yo autorial autocomplaciente en esta feria global repleta de piezas cual engranajes en la maquinaria del consumo de arte. Un grito asesinado entre deshechos, como en el Petróleo de Granaroli, rojo entre el amasijo grisnegruzco.

[... fragmento de Miguel Ángel Cuevas sobre la pintura de Claudio Granaroli ...]

martes, 7 de mayo de 2019

Eliminando fronteras


Presentación miércoles 15 de mayo a las 19:30 horas.



Sobre Juan Caldaroni y Daniela Elias

Con diecinueve y veintiún años, Daniela Elias y Juan Caldaroni dejaron Argentina con la idea de viajar durante tres meses. En la primera semana se dieron cuenta de que el pasaje de vuelta no lo utilizarían, porque el mundo es demasiado grande y la vida, demasiado corta. Diez años después, siguen eligiendo al viaje como estilo de vida.

Asia es su campo de juego; la ignorancia, su motor. Autores del libro Un viaje interior y del blog Marcando el Polo, sienten la necesidad de transmitir lo que los medios no muestran. En marzo de 2019 publicarán su segundo libro, Eliminando Fronteras.



Sobre el proyecto "Eliminando Fronteras"


Antes de visitar Irán, Juan Caldaroni y Daniela Elias se enfrentaron a una tormenta de miedos ajenos que pretendían hacerles replantear el viaje, pero para sorpresa de todos, se encontraron con uno de los países más hospitalarios del mundo. 

Por la necesidad de descubrir lo que los medios prefieren ignorar, recorrieron Asia de punta a punta en autostop, desde Filipinas hasta Turquía. Viajaron con monjes budistas, políticos en campaña, campesinos, militares y nuevos ricos chinos. Los acusaron de terroristas, un camionero solitario se puso mimoso con Juan y un cerdo enfurecido quiso comerles las piernas. Pasaron una tarde con presos de una cárcel filipina, varios días en una casa de refugiados iraníes, acamparon enfrente de la mansión del presidente de Tayikistán y rezaron con musulmanes en una mezquita de Malasia.

Fueron 47.000 kilómetros a dedo en 926 vehículos distintos durante tres años, con el objetivo de eliminar la frontera más peligrosa: la que nosotros mismos creamos.