el acto tendrá lugar el día 1 de Junio a las 21:00 en La Carbonería.
SINOPSIS
Si más de mil quinientas biografías escritas por los más prestigiosos historiadores del mundo no han logrado esclarecer quién mató a John F. Kennedy…
Si más de medio millón de reportajes, firmados por los mejores periodistas de la prensa internacional, no han conseguido establecer si Marilyn Monroe falleció de muerte natural, se suicidó o fue asesinada…
Sólo puede haber una explicación…
CURRÍCULUM MORTIS… Cuando los Mitos tienen permiso de los Dioses para cambiar la Historia.
Tokio, 1970. Cuartel General de las Jietai, Fuerzas de Autodefensa de Japón. El excéntrico escritor Yukio Mishima, acompañado por cuatro cadetes de su particular ejército, la Tate no kai, secuestra al general Mashita con el objetivo de dar un discurso a la tropa. Su deseo es que sea ella la que inicie un levantamiento que lleve a la Tierra del Sol Naciente a recuperar sus extintos valores del pasado. Tras el fracaso de su pretensión, con la ayuda de uno de sus soldados, como hicieran los antiguos samuráis, se suicida en el despacho del oficial siguiendo el rito del seppuku.
La novela La cabeza cortada de Yukio Mishima se plantea la posibilidad de que la cabeza del escritor nipón, una vez separada de su cuerpo, todavía tuviera unos segundos de vida y lucidez para hacer un repaso de su existencia y de su obra, si es que ambas no fueran uno y lo mismo. Así, a lo largo del libro, desde su nacimiento hasta el momento de su muerte, se realiza un recorrido por algunos de los momentos más importantes de su biografía, plagada de ambigüedad y curiosidades, de luz y oscuridad, de dolor y gozo. El relato presenta una estructura no lineal, como corresponde a la evocación de unos recuerdos que afloran al pensamiento del protagonista tan sólo unos instantes antes de abrazar para siempre la gloria de estar muerto.
Fernando Molero Campos pretende indagar y profundizar en el espíritu contradictorio de un hombre al que le tocó vivir en una época convulsa marcada por una infancia triste, una guerra perdida que abocó a su país a un desastre de dimensiones nunca conocidas y unos años posteriores sentidos como la verdadera decadencia de los valores que hicieron grande a Japón. Al mismo tiempo se adentra en el alma de una nación tan atractiva como la japonesa, con sus ritos, su arte, su cultura, su tradición, su belicismo, su literatura…, desde la perspectiva de un hombre que bien pudiera aglutinar en su persona los cambios de un país que pasó de un feudalismo extremo a una belicosa modernidad en un corto espacio de tiempo.
Cuarenta y cinco años de experiencias vitales y fructífera carrera literaria de uno de los más singulares narradores japoneses del siglo pasado resumidos en La cabeza cortada de Yukio Mishima es lo que nos propone este autor. Un libro que juega con la realidad -lo que fue de verdad-, y la ficción -lo que pudo haber sido-, en la vida del escritor de obras maestras como Confesiones de una máscara, Sedde amor, El rumor de las olas o la tetralogía El mar de la fertilidad.
La forma se ve. La palabra se oye. La verdad se entiende. La poesía se sobreentiende. Diversos modos de sentir y de padecer. El que no siente ni padece es el que no ve, ni oye, ni entiende —ni sobreentiende—; el tonto del cuento que no pudo aprender a temblar. Nos dejó dicho el poeta José Bergamín, en Arte de temblar.
De oír con los ojos y ver con los oídos es de lo que se trata… A la forma primitiva producida por el gesto, a la maraña lineal, a la discontinuidad del ritmo, a la trama geométrica, a la forma plana sin razón representativa se ha añadido una materia de fondo rica en figuración. Esto sucede, también, en la pintura sobre tela a que invitamos: donde un abstractismo figurativo instintivamente abierto, y basado en la alternancia y la discontinuidad, junto a lo alegre en el uso de la variación de color y una misma visión informal, se ha convertido en el modo elegido por la pintora Tony Soto, para esta alígera gestualidad de marcado carácter simbólico, que cabe señalar tanto de saludable factura, cuanto de cuidada pulcritud. Esta colección de óleos, elaborados con acertada mano, sobre soporte de lino, presentada en un formato medio y que la artista ha dado en llamar La cabeza a pájaros, trata de una bien seriada gradación de figuraciones para los ojos, que aparecen estrechamente ligadas a una exigente por decidida apuesta visiva: de un lado, fijar la austeridad de la pincelada en su sobriedad; y, de otro, el logro desmandado del color en su derramada expresión.
Conviene no olvidar del todo que, ya desde un primer momento -y a modo de la emoción poética encontrada en Gorrión, migajas…, obra de Isabel Escudero-, de estas piezas que ahora se exhiben, parece importar bastante: de una parte, la luz, el vuelo, la figura de los pájaros, el elaborar la obra con un expresivismo en el que sorprende la indagación frente a los diversos modos de ver el asunto; y, de otra, los modos de resolver en los que, la visión imaginante, parece irse deslizando entre el azar y la curiosidad desmandada, con una unidad de concepto próxima y actual. La pintura (poesía silenciosa) puede ser, unas veces, ocasional, no del todo pensada, rápida, impetuosa; otras, acaso, imprevista, irregular, sin razón; otras, sin más, incisiva y ágil, sutil y quieta; otras, también, serena, suave y dulce; porque las pinceladas parecen tener su propia densidad, su propio peso. Desde La cabeza a pájaros, desde estas metáforas aladas, abiertamente se nos invita a ver, a insistir tras una visión vibrante, desasosegada y recogida a un tiempo; visión que, de otro modo, en sucesión de encuentros, facilita una aproximación a modos de resolver no siempre del todo explorados.
Abunda, Tony Soto, con esmerado celo, junto a la obra del color, que es la sensualidad de la pintura, en la obra del gesto y su composición, acaso el empeño más logrado de esta artista-pintora. En esta operación abstractizante de manchar por mediación del estilema, el hallazgo no es otro que la expresión visual de la queja y razón del corazón común, hallada en la poesía tradicional anónima, poesía sin poeta, que late en los referidos versos de Isabel Escudero; el término último el color, y, dentro de éste, la fijación del asunto. No sé si, desde las astucias de ver, las ocurrencias de mirar puedan ir más lejos, pero sucede que los ojos prosiguen su tarea cuando la mirada se detiene.
Estos pájaros sobre tela son el modo en que los ojos disponen el libre juego de ver, el trazo de color, y la forma desencadenante. Abundan, las pinturas de la serie La cabeza a pájaros, en hacer ver que la materia posee su propia ambigüedad, no sólo que ella sea conducida por quien ose desmandar los elementos rítmicos. Estas metáforas para los ojos, tienen a bien acercarnos a una poética visual, poética de visualidad concreta, en tanto apuntan aquello que atina a ser visto como logradas abstracciones, porque lo más abstracto es lo más concreto.Serie de pinceladas paralelas, alternantes, en círculos no exactamente regulares, un cuidadoso esmero por la mancha, el gusto por las emociones visuales, la desmandada mediación del oficio: son algunos de los rasgos que reposan, como quien no quiere la cosa, en cada uno de estos pájaros en la cabeza. Es de este modo que parece se va haciendo La cabeza a pájaros: de un lado, entre variaciones de color y empastes, prontos y azares, en replegar y fijar el vuelo, en encuadrar las escenas; de otro, en ir registrando en cortes asimétricos, en disponer la línea y la sugestión del movimiento junto al mero uso del color en consonancia, así trascurre este ir jugando con la frescura de ver, cuya elaboración como arte es la tarea que tenemos ante los ojos.
Hay ocasiones en que, en el momento mismo de asignar el mero uso estético del color, la mano sufre una incontenible necesidad de derramarse, acusando desatinos que sorprenden nuestros ojos. Esto sucede en esta gozosa cetrería de metáforas visuales que son estas visiones pájaras, donde lo efímero del color se hace búsqueda sin fin. La cabeza a pájaros se acerca bastante a la poética de la emoción visual. La composición no requiere explicitarse demasiado, porque necesariamente está sujeta a la inmediatez de la escena, y nos remite a un mundo que no es el de la experiencia pictórica, sino el que la propia indagación se ha encargado de decidir. Estas metáforas suscitan, sobre las texturasque desarrollan, algunas cuestiones tocantes a pintura y poesía. Nadie sospecha acaso el sensualismo que le deparan estos óleos, suaves y tersos, a pesar de la consonancia del color y la acabada combinatoria de sus planos. En ellos, se van entretejiendo, sin esfuerzo aparente, atinadas consideraciones acerca del ritmo del color, el vaivén de la luz, la fugacidad de la línea, la hermosura de la sombra y la abstracción contemporánea.
De entre estas pinturas recogidas en La cabeza a pájaros, la mancha surge a partir de una serie de intuiciones que van de la observación al registro de lo observado (del poema oído al poema visto), de la insistencia de ver a su difuminada persistencia en la retina, y de esta frágil visualidad a la concreción de lo pintado. La figuración, reveladora de la materia, hace pensar que aquello que se está viendo, al fin y al cabo, no es más que un poema visual, un poema pictórico. En esta serie, Tony Soto, recurre a los procedimientos del óleo sobre tela, para fijar la turbación del color, cuestionando así el orden de pintar y el orden de la pintura en que se fundan las nociones de composición y color; limitándose a la incitación visual según las exigencias de la composición interna de la pintura, dejando del lado de quien ve la función de cerrar las cavilaciones posibles o las interpretaciones derivadas.
Hay, en estas metáforas pájaras, una decidida apuesta por recuperar la frescura en los modos de ver, por lograr el primor mismo de la mancha en el soporte; además, se dan trazas de buena hechura por unidad de línea y de concepto. De entre estas visualidades, hay alguna que toca vivamente la herida de los ojos, pero también la sensualidad, el goce sosegado que hace hablar a aquello que se ve.
Un antiguo pergamino es descubierto y hecho público.
En él se narran las aventuras de unos personajes nada sensatos, los Pumarejiensix, que atrincherados en su plaza, la plaza del Pumarejix, se enfrentan con imaginación y sobre todo con muy buen humor, al imperio del divino Dinerio.
El emperador intenta someterlos por todos los medios legales e ilegales a su alcance, sin embargo, un secreto muy bien guardado alimenta el espíritu animoso y la febril imaginación de los Pumarejiensix para vencerle una vez tras otra.
¿Qué ancestral secreto preservan los habitantes de esta simpar plaza para poder resistir los ataque del Gran Imperio?
En un tiempo como el que padecemos, sujetos a prisas y a abundancias de toda suerte de mercaderías, y en el que se prodigan y ofertan propuestas engañosas de rápido consumo, diseñadas por patrones dominantes. En esta balumba cultural —a la que la canción que se hace no escapa— cada vez es menos frecuente el dejarse oír canciones que logren asomarse a las plazas, o a los garitos, y, más aún, que la canción sorprenda con una fuerza sonora que derrame viva voz y gusto bueno.
Que sea algo poco frecuente, no quiere decir que no suceda. En ocasiones pasa y ocurrió con Juan Socas una noche en la que, entre enredos y otros líos, se dejó oír su voz, mientras en acústico nos iba regalando algunas canciones. El registro de esa noche lo recordamos como uno de esos pocos encuentros en los que te sorprende el gozo y el hallazgo. A medida que los fraseos y la música fueron sonando, se abrieron los oídos y nos fue sorprendiendo un pellizco de sincera y viva voz. Ya en las primeras canciones, desde un primer momento, tuvimos la duda de estar ante un modo de canción que se deja sonar desde un descuidado oficio y una ternura poética que despiertan la curiosidad. Una voz que nos prende de la levedad de sus palabras, para mostrarnos osadamente las mentiras del mundo y su hermosura, el vaivén de los días y el encanto de las cosas más pequeñas. Estas canciones, ensayos de una poética musical, requieren de un instrumento alado y de una voz frágil, que, como tenue soplo de incontenible frescura, acompañe la agudeza de su decir cantando.
Juan Socas intuye, dentro del género canción, esa materia sonora que le es afín y posee esa ductilidad capaz de distinguir entre las voces, aquélla que más se ajuste a su queja, ésa que pide y requiere de la levedad de su voz. En esta primera entrega, a la que Socas ha dado en llamar Déjà Vu —y donde la canción es con frecuencia atribuida a un sueño, en el que se da una cabal sensación de extrañeza—, cabe destacar el buen gusto, al elegir los ritmos para sus composiciones, y su buen hacer a la hora de musicarlos. Su finísima arquitectura, ya desde las primeras notas, nos introduce, junto a la argucia de su dibujar sonoro, en la gradación, la cadencia anímica y rítmica que la canción exige. Sin estridencias —o con ellas—, en sus composiciones, apoya el soliloquio narrativo del fraseo con una música varia y desmandada, logrando ese equilibrio entre modos de hacer y modos de resolver, esencial al género canción, en el que poesía y música se fundan.
Las canciones de Juan Socas nos invitan a un reencuentro con esos viejos cultivos de los que se nutre el corazón, con ese ir probando pequeñas hermosuras, graciosamente musicadas, porque no es de otra cosa de lo que se trata sino de un emocionarse ante cómo surge de su voz el descontento, un trasladarnos a ese otro lugar donde poeta y cantor aciertan a dar en un discurrir continuo de razones y canciones. Su repertorio, sin más, un airecillo fresco del que disfrutamos con ese gozoso hormigueo que produce el juego sonoro de lo saludablemente contado y cantado.